Apuntes sobre Psicología

Si desde la Psicología, queremos bucear los puntos de encuentro y conexiones con la mediación, se pueden buscar respuestas en distintos ámbitos de intervención, como la terapia familiar o el trabajo en las organizaciones y el mundo laboral. Por otra parte, el interés de la Psicología por el conflicto se remonta al psicólogo social Kurt Lewin que, en 1930, ya comenzó a estudiar sobre este tema.

El psicólogo ante un proceso de mediación tiene que tener muy claro que no actúa como terapeuta (individual, grupal, familiar…), sino en su rol de mediador. Así, se impone «ampliar los sentidos», actuando como psicólogo, pero yendo más allá, trascendiendo ese rol. Así, por ejemplo, en un proceso de divorcio se pasa por una etapa de la organización postdivorcio; y sería labor del psicólogo-mediador armar una reorganización junto a otros co-mediadores. En este caso, sin ser terapeutas familiares, es necesario entender ciertos fenómenos de orden familiar para poder detectar los problemas actuales y planificar una intervención efectiva.

Es importante explicar y diferenciar entre tres metodologías de intervención y acotar cada una de ellas, nos estamos refiriendo a la orientación familiar, la mediación y la terapia familiar. Para facilitar la tarea, se planteará un ejemplo para cada estos tipos de intervención:

Una cuestión que marca la diferencia entre la orientación, la mediación y la terapia, es lo que podríamos denominar como una cuestión de grado o niveles, si bien cada una con objetivos diferentes. En un primer grado o nivel estaría la orientación, en uno segundo, la mediación (que muchas veces se sirve de la orientación familiar como herramienta de apoyo) y, en un tercer grado, la terapia que tiene sus propios objetivos al margen, pero puede también servir de apoyo a los procesos de mediación, en casos muy concretos, en los que hay presencia de trastorno mental o psicopatología en alguna de las personas intervinientes en el proceso.

Concretamente la orientación tiene connotaciones relacionadas con los procesos educativos e informativos. Son numerosos los servicios de orientación familiar, laboral, formativa… especializados, que tienen el objetivo principal de guiar o señalar las posibilidades, alternativas distintas con las que cuenta una persona a la hora de tomar alguna decisión de relevancia en su vida (por ejemplo, orientación escolar para decidir qué carrera universitaria estudiar, u orientación laboral para propiciar un cambio de sector profesional). La orientación familiar ayuda a «encontrar el camino» más adecuado en procesos o situaciones determinadas que afectan a la familia o para afrontar situaciones que acompañan determinadas etapas del ciclo evolutivo de la vida familiar que puedan constituir causa de conflicto o dificultad.

La orientación familiar es de índole básicamente preventiva e informativa; muchas veces es el primer paso que da una familia que se enfrenta a un conflicto y puede ser el paso previo a una terapia familiar, cuando la orientación es insuficiente o cuando la familia no es consciente de la gravedad del problema, cosa que suele ponerse en evidencia en las sesiones de orientación. La orientación familiar pretende capacitar a los distintos integrantes de la familia de las competencias necesarias para afrontar una situación determinada y contar con habilidades suficientes de cara al futuro; a la vez que se restaura el buen funcionamiento actual y las relaciones intrafamiliares.

La mediación familiar comparte con la orientación el no pretender la «curación», si no que las partes implicadas se pongan de acuerdo en torno al tema del conflicto, de modo que el resultado sea una situación donde todos ganan, y no donde hay vencedores y vencidos. Una diferencia con la terapia y la orientación es que la persona mediadora no interviene, únicamente facilita el proceso y que se llegue a acuerdos por las partes, preparando el camino para ello, a través de la identificación de las necesidades de las mismas, conciliando ambas, de modo que todas sean tenidas en cuenta. Otra diferencia con la terapia es que la mediación no se recomienda en caso de trastorno mental, mientras que la terapia es recomendable precisamente en estos casos.

La terapia familiar explica el origen y desarrollo del trastorno mental de uno de los miembros de la familia en base al contexto familiar y las relaciones que se establecen en su seno, la interacción del sistema familiar y los subsistemas que lo conforman. La terapia familiar se utiliza cuando existe un problema familiar grave, habitualmente identificado en una de las personas que pertenecen a la familia, denominado paciente, aunque en su resolución deben implicarse todas las partes, ya que todos y todas forman parte de la solución. En este caso si se busca la «curación», la resolución del conflicto familiar, a pesar de que el causante sea la persona identificada como paciente.

Desde la orientación se proporcionan pautas, patrones, normas o modelos que sirvan para mejorar el funcionamiento y relaciones familiares. Desde la mediación se busca la participación conjunta, en igualdad de condiciones, de las partes para la resolución del conflicto que se lleva a la mediación. Y desde la terapia se pretende claramente la resolución de un problema grave, que afecta a todo el núcleo familiar, y provoca relaciones intrafamiliares claramente disfuncionales.

A veces la terapia resulta en la toma de decisión de la separación de la familia, entonces puede entrar en escena la mediación familiar, para que se realice de la manera menos traumática posible para todos y donde se maximicen los beneficios para todos. A la vez que la terapia puede continuar paralelamente y se realiza alguna orientación en lo relativo a las reacciones que pueden darse en cada uno de sus miembros (especialmente hijos e hijas), situaciones que puedan vivirse, etc.

Pero, además, una forma de empezar a pensar en las aportaciones de la Psicología a la Mediación es la de preguntarnos acerca de algunas diferencias entre la mediación y la terapia (especialmente, la terapia familiar):

  • La mediación es una actividad con un objetivo definido, con tareas claras y precisas a cumplir, con tiempos más o menos cerrados para trabajar. Al igual que la terapia familiar precisa de capacidad de escucha, reconocimiento de que existen conflictos, manejar las emociones que puedan aparecer durante el proceso de mediación; pero la diferencia principal es que el acento lo ponemos en la resolución y administración del conflicto.
  • La terapia familiar busca una mayor diferenciación entre los miembros, reducir la angustia, aumentar la comunicación. Trata de solventar conflictos interpersonales para que, a su vez, disminuyan los conflictos intrapsíquicos de las personas implicadas. Aborda crisis de mayor duración, con una resistencia mayor por parte de la familia.

Pero, al igual que existen diferencias entre terapia familiar y mediación, también comparten ciertos aspectos y visiones. Así, en terapia familiar es fundamental prestar atención e identificar el momento del ciclo evolutivo vital en el que se encuentra la familia o el conflicto que les lleva a iniciar un proceso terapéutico; y para la persona mediadora una actitud destacable es su sensibilidad hacia el momento evolutivo del conflicto. Hay un reconocimiento del lugar actual en que se encuentran, ofreciendo posibilidades de avance acordes al momento en cuestión. El hecho de contextualizar temporalmente el desacuerdo conlleva intervenciones orientadas a inducir la percepción de que el conflicto no siempre fue así, y tampoco lo será en el futuro; así como que las decisiones que se tomen en el momento actual, es posible que no tengan sentido más adelante.

Otra similitud la encontramos entre el reencuadre que se realiza en mediación y la redefinición del síntoma y del paciente identificado que se realiza en terapia familiar. En este segundo caso, cuando una familia acude a terapia llega con una idea, más o menos clara, de lo que les ocurre, y generalmente su origen o causa se sitúa en un miembro de la familia, que se denomina paciente identificado; siendo labor del terapeuta conseguir que la familia redefina su problema de forma que implique a todo el sistema familiar y no se sitúe únicamente en la figura del paciente identificado. Igualmente, el reencuadre es una técnica que se utiliza en mediación, en los momentos iniciales, para transformar las pautas de confrontamiento en otras más cooperativas. Es decir, se trata de cambiar el marco conceptual o emocional de partida, en el que se experimenta una situación, y situarla dentro de otro que aborde esa misma situación bien o mejor, con la finalidad de cambiar totalmente el sentido. Conectar y connotar positivamente es una forma de reencuadrar y cambiar los significados. Por ejemplo, cuando las personas viven y vienen dispuestas para la competición y la descalificación, pueden sorprenderse (gratamente) y reconducirse hacia ese nuevo contexto si el mediador puede reconocer algunos aspectos positivos que, seguramente, poseen. En definitiva, tanto en terapia familiar como mediación, no se trata tanto de resaltar los valores individuales, como de los valores del grupo o de la familia, identificar los elementos comunes que puedan rescatarse y resaltar las propias capacidades y los puntos fuertes, para así recuperar una parte de la realidad que ha quedado en segundo plano, y crear un tono emocional más adecuado.

Whitaker nos hace reflexionar sobre la importancia de permitir que las personas experimenten más los componentes sanos de su relación, en lugar de fijarse obsesivamente en los componentes dolorosos. Para ello, la persona mediadora, al igual que el terapeuta familiar, debe establecer una relación de ayuda genuina con sus clientes, facilitar el proceso de separación del problema, explorar los aspectos emocionales y pensar en el bienestar futuro de todos, ofrecer empatía y soporte emocional, ayudar a clarificar intereses y expectativas, así como facilitar la expresión de sentimientos y emociones e insistir en el autoconocimiento. Mediador y terapeuta son conocedores de que fomentando la responsabilidad se consigue un aumento de la autonomía personal de cada parte o miembro de la familia.

Kelman, psicólogo estudioso del conflicto, considera que los factores psicológicos contribuyen al mantenimiento y escalada del conflicto, y no pueden separarse de las condiciones objetivas subyacentes. Argumenta que el análisis psicológico del conflicto indica que la interacción directa entre las partes facilita cambios actitudinales y en la percepción que conducen a cambios a otros niveles. Cree que los factores psicológicos interactúan con los sociales o políticos, y deben integrarse si queremos una teoría comprensiva del conflicto y su resolución.

Una consecuencia del conflicto es la activación excesiva de pautas competitivas frente a las colaborativas. La persona mediadora ayudará a las partes a retomar la consciencia sobre la existencia de estas últimas, dedicando un espacio para su reconocimiento y fomentando una dinámica de interdependencia. Asimismo, ayuda a revisar las soluciones intentadas hasta el momento; ya que, seguramente, los intentos de negociación, las posturas más o menos duras o los enfrentamientos, han provocado daños que conviene valorar, reconocer y redefinir. Estas soluciones pueden haberse transformado en el problema, por lo que es importante buscar otros componentes del conflicto para lograr una nueva apertura en el mismo.

En este sentido, Moore hace una clasificación de los problemas que pueden obstaculizar las dinámicas de colaboración:

  • Emociones intensas.
  • Percepciones equivocadas o estereotipos que manejan una o ambas partes respecto a su relación y/o ciertos aspectos del conflicto.
  • Problemas sobre legitimidad.
  • Mala comunicación.
  • Falta de confianza.

Desde la Psicología se puede realizar el mejor abordaje de todas estas dificultades, y así hacer de los conflictos entes más manejables y asequibles de cara al proceso de mediación. Hay técnicas para cada uno de ellos, y esta disciplina es la que más aportaciones puede hacer en estos aspectos de la mediación. Nos iremos deteniendo en algunos de ellos para tratarlos en mayor profundidad.

La percepción social del conflicto y su resolución está en la base de la mediación moderna, pues amplía la consideración de ser un recurso útil para alcanzar metas sociales de trascendencia. La satisfacción resultante de la resolución de conflictos a través de acuerdos, así como la transformación del conflicto como una oportunidad para el crecimiento personal y social a través del empowerment (como ya trataremos más adelante) y la recognition, o búsqueda del acuerdo, con la comunicación y la interacción entre las partes como eje vertebrador, con la generación de nuevas narrativas, ya hemos visto que conducen a una visión de la mediación desde una concepción distinta del conflicto.

Otra dimensión del conflicto es la que se da a instancias del aparato psíquico (intrapsíquico) de cada persona implicada o se plasma en la interacción de las partes (interpersonal). En principio, los conflictos que competen a la mediación son los interpersonales; en el sentido de que una desavenencia es un conflicto interpersonal que se comunica o manifiesta, y un conflicto no llega a ser una desavenencia si no se le comunica a alguien como incompatibilidad percibida, reclamación o reproche.

Freud puede contribuir a clarificar esto con su distinción entre conflicto manifiesto y latente: en el primero, las exigencias opuestas son conscientes (sentimientos contradictorios, un deseo o exigencia moral); el segundo se manifiesta o expresa deformado en el contenido manifiesto, resultando en la formación de síntomas, trastornos de conducta, alteraciones del carácter, etc. Para el psicoanálisis el conflicto es constitutivo del ser humano (igual que para la mediación) y a distintos niveles (conflicto deseo-defensa, entre sistemas o instancias psíquicas, entre pulsiones, etc.).

A nivel interpersonal, el conflicto manifiesto podría equipararse a la disputa explícita, un desencuentro. Mientras que el conflicto latente, se daría en las relaciones interpersonales, cuando las fuerzas individuales de cada persona o de la estructura de la relación, entran en tensión y puede producirse un desencuentro o choque de fuerzas.

Asimismo, los conflictos abordados por la Psicología son de diversa índole y afectar a cualquier ámbito de la vida de la/s persona/s; siendo así repercute en distintas facetas de nuestro desenvolvimiento y es porque existen diferentes aspectos del mismo. Estos aspectos no son compartimentos estancos, sino un interjuego de imbricaciones recíprocas entre todos ellos. Esto mismo puede aplicarse, y se aplica, a la Mediación.

Al enfrentarnos al abordaje de un conflicto no basta con operar con los elementos del conflicto manifiesto, porque éste expresa de un modo deformado el contenido latente. Si pensamos en un iceberg, la comprensión puede ser más asequible; de manera que la punta que emerge a la superficie corresponde a la disputa visible, aunque esta parte no contiene la afectividad; y la otra parte oculta —siete veces mayor— completa la totalidad del conflicto, y corresponde a los denominados intereses. Estos últimos actúan como móviles de la disputa visible, y serían las pretensiones materiales y las no materiales (psicológicas y/o emocionales —anhelos, deseos, expectativa, fantasías, miedos, representaciones de uno mismo y del otro, principios y creencias…—) y conforman un entramado. El iceberg ilustra la poca visibilidad que tenemos de la totalidad del conflicto, al observar únicamente la disputa; pero para tener una visión más completa hay que añadir que en la disputa se concentran esos otros elementos que entran dentro de la categoría de intereses.

¿Cómo nos posicionamos? Esta pregunta hace referencia a una actitud, a una manera de entender y comprender, a adoptar un punto de vista determinado. Traemos aquí esta cuestión porque tiene una relevancia mayor de la que, aparentemente, pueda parecer; y tiene mucho que ver con la comprensión que hacemos del sistema de valores de las partes. Si adoptamos un punto de vista constructivista, la forma en que una persona se posiciona frente al conflicto está directamente relacionada con una cosmovisión particular, con su sistema de creencias y valores, con su contexto socio-cultural, en definitiva, con la propia identidad.

Las personas construimos nuestras narrativas desde los lugares más significativos y congruentes con nuestro sistema de valores; y esto mismo les ocurre a las partes, que han construido una historia sobre el conflicto acorde a sus valoraciones, pero no lo hicieron solos, posiblemente consultaron o hablaron de ello con amigos, familia, otros profesionales, que les ayudaron a tejer un relato que encajara con la imagen que tienen de sí mismos, con la imagen del otro.

Las formas en que nos posicionamos ante cualquier situación tienen que ver con nuestra identidad, de forma que abandonar esa posición puede suponer una amenaza para el «sí mismo» y nuestra psique. Así, podemos hablar de una coincidencia entre identidad y posición, de forma que para que una persona deje atrás un conflicto y el malestar consecuente, es preciso modificar la representación que tiene de sí mismo y que se ha construido en torno a la situación de conflicto. Querer separar ambos términos genera ansiedad, y las personas se resisten a ello. Por eso, será labor del psicólogo, en su rol de mediador, ayudar a que las partes puedan desligar su identidad de la posición que han tomado en el conflicto. Esto constituye una elaboración psíquica importante.

Igualmente, es importante comprender qué valor asigna cada parte al acuerdo, porque de ello dependerá que éste sea o no viable. Esto es así porque, muchas veces, las personas perciben el hecho de acordar con la otra parte, como hacer concesiones, estar cediendo, y se vive como una debilidad o perdón que no quieren conceder. Únicamente se podrá llegar a un acuerdo final, cuando la persona mediadora ayude a encontrar una fórmula consensuada que no ataque su identidad y les devuelva una imagen positiva de sí mismos.

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