Conversaciones dialógicas

¿Cómo podemos hacer que nuestra intervención terapéutica sea relevante para las personas en este mundo cambiante? ¿Por qué unas formas de relación vinculan y otras generan distancia? ¿Por qué unas invitan a seguir hacia delante y otras nos paralizan?

El buen psicólogo es un profesional sensible a lo relacional, y esta sensibilidad debe trasladarse cuando actúa en su rol de mediador. Las personas se merecen una escucha respetuosa, merecen nuestra atención y receptividad a la expresión de sus necesidades, así como ser capaces de tomar decisiones que atañen a sus vidas. En la actualidad, cada vez es más frecuente encontrarnos con personas que desean tomar las riendas de sus vidas, ser actores de la misma y «no limitarse a verla pasar», rehúsan que se las deje de lado o se las trate como números y se las encuadre en categorías. En definitiva que se coarte su libertad y se les prive de su humanidad.

De ahí la necesidad de reflexionar, como profesionales, sobre cómo comprendemos el mundo y a nuestros clientes, también a nosotros mismos y al rol que adoptamos como terapeutas. El resultado de esta reflexión nos llevará, sin duda, a pensar en prácticas conversacionales, dialógicas, centradas en la colaboración, en la responsabilidad y empowerment. Hablamos de establecer un diálogo abierto y reflexivo, orientado a la solución, es decir, plantear un lenguaje diferente.

La psicóloga Harlene Anderson discute en torno a seis supuestos que ofrecen este lenguaje diferente, a saber:

  1. Las meta-narrativas y el conocimiento no son fundamentales ni definitivos: nuestra vida gira en torno a narraciones ya establecidas de conocimiento, dogmatismos y discursos universales y dominantes, que tienen el monopolio, muchas veces invisibles y fuera de todo cuestionamiento. Estas convenciones pueden no estar en sintonía o ser ajenas a las personas con quienes trabajamos. Por lo tanto, se trataría de cuestionar cualquier conocimiento o discurso que se nos imponga como verdadero. Aunque no implica abandonar nuestros conocimientos o discursos heredados.
  2. Generalizar los discursos dominantes, las meta-narrativas y las verdades universales es atractivo pero peligroso: nos movemos en función de nuestros conocimientos previos, cuando vemos lo que nos resulta familiar nos lleva a confirmar lo que pensamos y, por ende, lo que buscamos, así llenamos los vacíos y actuamos en base a ello. Pero esto solo puede llevarnos a ser precavidos con los discursos dominantes, las meta-narrativas y verdades universales, que nos llevan a pensar que todo vale para todos y para todo, generalizarse y aplicarse a través de culturas, grupos, situaciones o problemas. Porque estos supuestos pueden llevarnos a buscar similitudes entre personas, creando categorías únicas y artificiales, que inhiben nuestra apertura a la singularidad y la individualidad de cada persona o grupo, con sus circunstancias y situaciones particulares, despersonalizando a la persona, perdiendo de vista su carácter especial, lo que la hace única, limitando tanto nuestras posibilidades como las suyas.
  3. El conocimiento y el lenguaje son procesos sociales relaciónales y generativos: conocimiento y lenguaje son procesos sociales, culturales, históricos contextualizados. Así, la generación de teorías, verdades, creencias, realidades es un proceso interpretativo que se genera en el discurso social y se produce en el lenguaje. Todos contribuimos a su desarrollo y mantenimiento, eliminando la dicotomía «quien sabe» y «quien no sabe». El lenguaje, en cuando medio de conocimiento, es cualquier forma de comunicar o expresarnos con otros o con nosotros mismos. Es activo, cambiante y sujeto a la creatividad. Las palabras no reflejan un único significado, sino que adquieren ese significado en la medida que las usamos y cómo lo hagamos. Esto implica considerar el contexto y nuestra intención, de esta forma lenguaje y palabras se entienden como algo relacional. El cambio se genera en el lenguaje, como proceso participativo, lleno de incertidumbres y riesgos.
  4. El privilegio del conocimiento local: se refiere a la narrativa creada y usada en una comunidad de personas, familia, equipo, vecinos… Estos significados y comprensiones singulares influyen en la creación del conocimiento práctico y relevante para sus miembros. Pero el conocimiento local siempre está vinculado al contexto y se desarrolla en este.
  5. Diálogo, conocimiento y lenguaje son transformadores: el diálogo es una forma de interacción comunicativa, una forma dinámica de habla donde las partes se vinculan para expresarse y comunicarse. En estos intercambios, las personas tratan de alcanzar un entendimiento mutuo y entender las singularidades del lenguaje de la otra persona, siempre desde la perspectiva del otro y no desde la propia. Es decir, no se presupone que se sabe lo que el otro pretende, es un proceso interactivo y receptivo. Por tanto, diálogo, conocimiento y lenguaje son procesos sociales interactivos, que evolucionan y se transforman, reflejando un desde-hacia, de modo que en el diálogo cada persona es influenciado por otra.
  6. El self puede ser un concepto relacional y dialógico: la perspectiva que hemos dado al conocimiento, el lenguaje y el conocimiento nos llevan a una noción alternativa del self o yo esencial. Nuestra identidad es relacional, se construye en nuestra relación con el otro, a través del diálogo y la conversación. Por eso, podemos decir que el self es un constructo socio-cultural, no ocurre dentro de la mente de la persona, sino dentro de la relación social, donde la persona juega un papel activo en el aprendizaje, siendo a la vez alumno y profesor. Este punto de vista da más libertad y flexibilidad a nuestros pensamientos, conductas y potencial.

Estos supuestos ofrecen un lenguaje alternativo que podemos llevar a la práctica clínica y a la vida misma. Son una apuesta por la reflexión continua, la autocrítica y la apertura. Ofrecen la posibilidad de ser profesionales reflexivos en acción: que se paran y preguntan; así la teoría y la práctica se influyen recíprocamente y evolucionan al tiempo, conforme el psicólogo se vuelve más reflexivo y responsable. Esta es la esencia para una práctica ética.

Así, estos supuestos tienen un rol esencial en la actitud con la que el terapeuta se acerca a la terapia, es decir, la forma en que pensamos sobre nosotros mismos, la gente con y para la que trabajamos y el contexto en los que los incorporamos. Esto invita más a una filosofía de la terapia que a una teoría que informa y genera procedimientos estandarizados, estructura, categorías, etc. Es una «forma de ser con» versus un «sistema de hacer por, para, y con respecto a». CON es la palabra clave, sugiere «estar con» la otra persona, orientarnos y reorientarnos hacia ella. Significa ser sensible a otra persona y los sucesos que acontecen, implica conocer y actuar «desde dentro del momento», en lugar de un pensamiento y acción monológica «acerca de» desde fuera. El «estar con» es una respuesta íntima, mientras la respuesta «acerca de» es externa y no es íntima, pues nos aleja de la persona y nos deja analizando desde cierta distancia —esquema teórico— para luego regresar a la persona con una respuesta obtenida desde ese esquema teórico.

Involucrarse dialógicamente en el presente contrasta con el no-involucrarse monológico. Estar en el presente implica responder espontáneamente, no con una respuesta prefabricada desde la técnica. Requiere autenticidad y ajuste a la situación del momento y lugar, a la persona y la relación.

En terapia nada nos asegura que cliente y psicólogo estén en sintonía y de acuerdo en que un momento determinado signifique un cambio.

Las conversaciones y las relaciones son inseparables y se influyen mutuamente. La forma en que nos vinculamos con otra persona, influye en el tipo y calidad de las conversaciones, al igual que las conversaciones influyen en la calidad y tipo de la relación. Por esto, la relación colaborativa se refiere a cómo nos orientamos para ser, actuar y responder, para que la otra persona comparta el vínculo y la acción conjunta y exploración mutua. Como seres relacionales que somos nos influimos unos a otros, nuestro «sí mismo» no puede separarse de los sistemas relacionales de los que formamos parte.

Al colaborar no hay roles preestablecidos, sino flexibilidad y fluidez, de modo que la contribución de cada persona sea igualmente apreciada y valorada. Esto conduce a un sentido de pertenencia y participación, de compartir responsabilidades. Llevado a la terapia supone una práctica de «ser-con desde adentro», mutuamente determinada por las personas participantes y sin una progresión lineal.

La conversación dialógica involucra la indagación mutua, una conexión vincular para compartir, explorar y tejer conjuntamente ideas, pensamientos, sentimientos a través de los que surgen posibilidades. De manera que responder es una forma de participar en la conversación, no de dirigirla. El psicólogo no puede dirigir la conversación de forma unilateral, es decir, sus respuestas se sustentan desde dentro de la conversación, no se traen desde fuera de la misma, no se basan en lo que pensamos que el cliente debería relatar o cómo hacerlo.

Hablar, escuchar y oír son igualmente importantes para el diálogo. Para escuchar y oír es preciso hablar, son procesos activos e interactivos. Así, escuchar atentamente no garantiza que vayamos a oír —comprender— lo que la otra persona quiere que yo oiga.

La conversación dialógica requiere expertise relacional. Significa que el cliente es experto en sí mismo y su vida, mientras que el terapeuta es experto en proceso y espacio para relaciones colaborativas y conversaciones dialógicas; y juntos desarrollan un expertise o conocimiento compartido intersubjetivamente desde, que construyen conjuntamente. De esta forma, el cliente también ayuda a organizar su terapia.

Para ello, el psicólogo tiene que adoptar una actitud de humildad, de no-saber, simplemente participa en la construcción del conocimiento en los intercambios que acontecen en la terapia. Esto no quiere decir que oculte su saber, todo lo contrario, trae a la terapia todo su conocimiento y es un recurso para la conversación.

Pero, al mismo tiempo, adoptará una actitud de apertura, será sincero y generoso, haciendo evidentes sus pensamientos y mostrándose abierto. Esto supone dos ventajas para el terapeuta: la primera es una acción respetuosa, y la segunda es que evita que su diálogo interno se deslice hacia un monólogo. Así, evitamos que cada parte entone su monólogo sin oír-comprender al otro, de forma que la conversación dialógica se caiga.

Cuando se trabaja con personas tenemos que estar abiertos a la incertidumbre, estar preparados para manejarla y tomarla como una oportunidad. No podemos esperar que todo salga conforme a un guión preestablecido o una estructura fija. A pesar de esto, por lo general, el cliente acude con un problema y una solución deseada, con unas expectativas en torno al resultado. Sin embargo, éstas con frecuencia cambian. Lo que sucede es que cliente y terapeuta construyen y definen juntos el camino y la meta, aunque desconozcan el rumbo a priori. Desde esta perspectiva, la conversación terapéutica se parece bastante a una conversación cotidiana y espontánea, donde no hay una secuencia prefijada. La incertidumbre, por tanto, es inherente a esta situación y el terapeuta tiene que tener la habilidad para confiar en ella y estar abierto a lo imprevisto.

Al final la terapia será un proceso de transformación mutua, donde todos están en «peligro» de cambiar, se trata de un proceso interactivo complejo.

El psicólogo debe tener una visión positiva de quienes le consultan, independientemente de sus historias y circunstancias, y pensar en desafíos que forman parte de la vida, sin limitarnos a un discurso centrado en la patología, la disfunción y la importancia de establecer un diagnóstico.

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