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En su Parte general del Derecho penal Welzel, uno de los principales críticos del concepto causal de acción, aceptaba sin embargo la visión de la causalidad sobre la que se construía aquel y le concedía un papel central en el modelo finalista de la conducta, como eje sobre el que ejercer la dirección final de la acción. En sus palabras:

…El concepto de causalidad no es un concepto jurídico, sino una categoría del ser. Tampoco es una mera relación lógica, ni mucho menos imaginada, entre varios acontecimientos, sino la ley de sucesión, no perceptible, pero mentalmente captable, del acontecer real y es, por ello, tan real como el acontecer mismo. También el Derecho tiene que partir de ese concepto «ontológico» de causalidad (¡si bien no todos los cursos causales son también jurídicamente relevantes!)…

Podemos aceptar esta definición sin salvedad alguna. La causalidad aparece como la ley de la sucesión interfenoménica y se presenta como un concepto ontológico, común a todas las ciencias. Se da en un plano avalorativo, neutral, previo al de su consideración por cualquier norma; es pues un concepto sólido sobre el que operar las valoraciones propias del Derecho penal.

Pero quizá por ello es especialmente importante la última llamada de atención de WELZEL: solo una vez verificada la existencia de un nexo causal es posible analizar si resulta jurídico penalmente relevante o no; es en este plano posterior en el que entrarán en juego valoraciones propias de los distintos sistemas de referencia penal. La causalidad se mueve por tanto en un plano previo al de la atribución de responsabilidad y no siempre deriva en esta.