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Todas las infracciones que las leyes penales recogen bajo la amenaza de una pena son delitos. Parece obvio, pero hay que recordar que hasta su reforma por LO 1/2015, de 30 de marzo, nuestro Código penal diferenciaba dos grandes grupos de infracciones penales: delitos y faltas, distinguiendo dentro del primero entre delitos graves y menos graves; de este modo solo interpretando el término delito en sentido amplio podíamos englobar en el mismo a las tres categorías de infracciones penales.

El hecho de que el Legislador español se decantara en 1995 por esta clasificación tripartita frente a la bipartita seguida por el Código penal de 1973 —diferenciaba simplemente entre delitos y faltas—, tuvo en su momento una trascendencia más bien estética, que quizá podía traer consigo efectos preventivo generales al llamar especialmente la atención sobre la gravedad de algunas infracciones, los delitos graves, pero no mucho más.

Ya respecto a la regulación vigente, tras la LO 1/2015, de 30 de marzo, suprimido el Libro III del Código, «Faltas y sus penas», se mantienen sin embargo tres categorías de infracciones penales e incluso el mismo criterio de diferenciación, basado en la gravedad de las penas que les son aplicables —a partir de la escala recogida en el art. 33 CP—. El cambio fundamental se encuentra en que en el nuevo esquema el lugar de las «faltas» ha sido ocupado por los denominados «delitos leves».