12.4. Las Sociedades de Publicanos

La primera noticia que nos llega sobre la aparición de estas sociedades se remonta a la guerra contra Aníbal, en el año 215 a.C, según nos relata Tito Livio. El Senado hace una llamada patriótica a cuantos habían acudido otras veces en ayuda de las finanzas públicas para dotar de aprovisionamientos a los ejércitos y a las naves de estancia en España. Acuden a la subasta 3 sociedades y 19 individuos.

Estas sociedades también se dedicaban entonces a la construcción y sostenimiento de edificios públicos y sagrados (ultra tributa). En el año 199 a.C. los censores Cornelio Escipión Africano y Elio Peto crearon las tasas portuarias (portoria) de Capua, Pozzuoli y Castrum. Los publicanos intervienen también en la administración de los pastos públicos y en el cobro de la tasa de scriptura.

En virtud de las condiciones fijadas por los censores (lex censoria) para el cobro de los impuestos públicos por parte de los publícanos se otorgó a estos concesionarios el Derecho de toma de prenda contra aquéllos que resultaran deudores tributarios por ministerio de la Ley.

Estas entidades tenían en sus órganos directivos y sus socios, una organización parecida a lo que hoy son las sociedades capitalistas o por acciones. El magistrado representante del Pueblo, una vez celebrada la subasta, contrata con el gestor representante de la sociedad (manceps) en las condiciones previstas en la lex locationes, asumiendo la posición y obligando a la sociedad como un concesionario individual.

En función de la lejanía de Roma se mantenían en las diversas localidades familias de esclavos y de directivos con funciones ejecutivas. Las funciones directivas se desempeñaban por los jefes o directores generales (magistri) en Roma y los delegados territoriales o promagistri en las provincias. Su cargo era de un año.

Según una noticia procedente de Cicerón, existían tres magistri para una misma sociedad que operaba en Sicilia. Entre estos dirigentes tenía una especial y delicada misión el que se encargaba de las cuentas y libros contables, que dirigía la oficina de los escribientes o tabellara. Cada magister debía entregar al terminar su mandato todas las escrituras y libros contables a su sucesor, pero para protegerse de eventuales reclamaciones solía conservar una copia (exempla) de lo entregado.