12.2. Evolución de la monarquía desde su forma absoluta hasta la monarquía parlamentaria

En la pureza de los modelos clásicos, es evidente la distancia infinita entre la monarquía y la democracia. El principio monárquico en su sentido fuerte significa:

  1. Que la soberanía reside en el Rey.

  2. Que todo existe, se hace y funciona por el poder regio, por delegación suya, en su nombre.

  3. Que el Rey es la suprema justicia, la maiestas; que está por encima del Derecho, no obligado por éste; que es absoluto porque no existe instancia superior a él que pueda juzgarlo.

Opuestamente, el principio democrático entraña:

  1. Soberanía popular.

  2. Participación, electividad y temporalidad de los cargos.

  3. Igualdad.

  4. Responsabilidad de los poderes públicos.

  5. Estado de Derecho.

Estos dos principios, tan enfrentados, han ido convergiendo históricamente hasta su compatibilidad actual. El Rey ha aparecido siempre como persona sagrada porque era imagen de Dios. Señor o dueño porque no se distingue entre su patrimonio y el reino. En esta concepción la monarquía está informada por dos elementos esenciales:

  • Su exterioridad al sistema político y

  • La unidad que proporciona a este mismo sistema.

El Rey da unidad al sistema pero no pertenece a él sino que lo precede y trasciende. Así pues, la Corona integró gentes, tierras, derechos y poderes en una unidad precursora de la idea de Estado.

Esta monarquía era todavía feudal. La monarquía absoluta significa la plenitud del principio monárquico. Se distingue en ella varios subtipos:

  1. La monarquía religiosa o confesional.

  2. La monarquía palatina o cortesana.

  3. La monarquía ilustrada o despotismo ilustrado.