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A. Los orígenes del sistema penitenciario

El origen de los actuales sistemas penitenciarios se encuentra en la época en la que la pena privativa de libertad tenía todavía un cariz instrumental y se utilizaba para explotar a los penados como mano de obra. Tal era la situación a finales del siglo XVI, cuando se generalizó la pena de trabajos forzados que se ejecutaba en instituciones como los establecimientos o casas de corrección (ver supra lección 28).

La finalidad fundamental del castigo en estos establecimientos, más allá de la prevención general y especial en su vertiente negativa, era sacar rendimiento económico de los retenidos, por mucho que también se planteara que ello procuraba su redención por el delito cometido a través del trabajo y del sacrificio. Las condiciones de vida de los penados eran infrahumanas y estaban acompañadas de un severo régimen de disciplina, que permitía la imposición de castigos corporales. Con todo, las casas de corrección constituyen, con algunas excepciones, el primer régimen de privación de libertad propiamente dicho en una institución que se podría denominar estatal, por mucho que el concepto de Estado como único titular del ius puniendi, no se encontrase del todo consolidado.

El tránsito a la Edad Contemporánea trajo consigo un replanteamiento profundo de la pena de prisión que afectó, como no podía ser de otra manera, a su régimen de ejecución. En este sentido, resultaron claves las aportaciones de John HOWARD y de Jeremy BENTHAM a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Estos autores abogaron por un cambio radical de las cárceles en Europa en consonancia con la racionalidad y humanización que debían inspirar la intervención punitiva. De este modo, reivindicaron la mejora de las condiciones de vida de los reclusos e insistieron en la necesidad de su educación mediante el trabajo, la disciplina y la instrucción, como forma de prepararlos para la vida en libertad. Sus ideas calaron hondo y no solo en el continente europeo, sino también en EEUU, donde surgen sistemas penitenciarios que constituyen los antecesores más directos de los actuales. Su estudio se aborda en el siguiente apartado.

B. Los sistemas penitenciarios

B.1. Sistema pensilvánico o filadélfico

También conocido como celular, este sistema surgió en el estado norteamericano de Pennsylvania a finales del siglo XVIII, pero alcanzó su culminación en 1829 en la penitenciaría de Cherry Hill que, de todas las instituciones que lo aplicaron, fue la más imitada. Se inspiraba en un planteamiento marcadamente moralizante que perseguía que el recluso expiara sus culpas y se transformase a través del arrepentimiento, el silencio, la meditación y el aislamiento absoluto.

Los penados permanecían constantemente solos en sus celdas, sin poder establecer ningún tipo de contacto con el exterior, ni con el resto de sus compañeros. Durante su encierro, solo se les permitía realizar el trabajo que pudieran desempeñar en sus celdas y la lectura de la Biblia.

Aunque el sistema evitaba el contagio de costumbres entre reclusos y facilitaba su higiene y vigilancia, presentaba muy graves inconvenientes que motivaron su crisis y ulterior desaparición. Entre las desventajas se destacan los devastadores efectos que provocaba en la salud física y mental de los penados, consecuencia del absoluto aislamiento al que se veían sometidos. Por otro lado, semejante experiencia hacia muy difícil su reintegración a la vida en sociedad. A este respecto, algunos afirman que el sistema filadélfico aniquilaba al individuo haciendo del mismo un ser absolutamente irrecuperable para el cuerpo social. Otro de los inconvenientes era su elevado coste, dada la escasa o nula productividad que se obtenía de los penados.

B.2. Sistema auburniano o de Auburn

Empezó a aplicarse en la prisión de Auburn en el estado de Nueva York en 1823, una vez que en dicho establecimiento se abandonó el sistema filadélfico. Compartía con este idéntica finalidad moralizante, si bien la misma se trataba de alcanzar mediante el trabajo y el sacrificio. La diferencia se concretaba en que el aislamiento del recluso era solo nocturno, pues durante el día se imponían el trabajo en común y actividades educativas básicas. Regía, eso sí, la regla del silencio absoluto, la prohibición de todo contacto con el exterior, ni siquiera con familiares, y una disciplina muy estricta que implicaba la aplicación de castigos corporales. No obstante, los reclusos eran separados por clases de trato más o menos severo, pudiendo ser reasignados tras su clasificación inicial en función de su evolución, lo que constituye una nota propia de los sistemas penitenciarios progresivos que surgieron más tarde.

El sistema auburniano resultaba más rentable que su antecesor y mitigaba, en parte, los efectos que este causaba sobre la salud psíquica y física de los reclusos, al tiempo que evitaba el contagio de costumbres entre los mismos. Con todo, generó una disciplina excesiva y, a su vez, necesaria para mantener una circunstancia tan antinatural como era el silencio de los reclusos mientras trabajaban en común, lo que implicaba una frecuente aplicación de los castigos corporales. La dureza desmesurada del régimen, unida a la imposición de tan forzado silencio, volvieron a hacer del recluso un ser irrecuperable para la vida en sociedad. Todos estos inconvenientes provocaron la paulatina desaparición de este sistema.

B.3. Sistemas progresivos y sistema de individualización científica

El sistema progresivo supone un salto cualitativo en la evolución penitenciaria y es asumido, en esencia, por la actual legislación penitenciaria española, con las particularidades que se estudian en los apartados siguientes.

Concibe el tiempo de encierro como un proceso de preparación del penado para su vuelta a la vida libre en sociedad. Incorpora así una finalidad verdaderamente rehabilitadora que supera el planteamiento moralizante de los sistemas que pretendían la transformación interna o de conciencia del recluso, a través de su arrepentimiento y la expiación del daño provocado con su delito.

La primera experiencia del sistema progresivo tuvo lugar en el presidio de San Agustín de Valencia hacia 1836, y fue obra del coronel MONTESINOS. Desde entonces han surgido muchas variantes pero pueden identificarse elementos comunes a todas ellas como los siguientes:

  1. El tiempo de privación de libertad se divide en periodos que van desde el inicial, que es el más duro o restrictivo de los derechos del penado, hasta el final, en el que el mismo puede terminar de cumplir su condena en libertad, siempre que respete una serie de condiciones.
  2. El paso de un periodo a otro se decide en función del tiempo transcurrido, de la evolución del penado y de su comportamiento. La buena conducta o los méritos demostrados permiten pasar a un periodo más ventajoso y más cercano a la meta, que es la libertad. En caso contrario, el penado no disfrutará de esa progresión y deberá permanecer en el mismo periodo o incluso retroceder a otro más desventajoso y, al tiempo, más alejado del objetivo final. De este modo, se castiga o se premia al recluso como forma de motivar su evolución positiva hacia la vida en libertad.
  3. En los diferentes periodos, en la medida en que su carácter más o menos restrictivo de los derechos del penado lo permita, se realizan actividades orientadas a la reinserción social. El trabajo en condiciones dignas se combina con tratamientos terapéuticos y formación.

Los primeros sistemas progresivos se caracterizaron por su escasa flexibilidad a la hora de determinar la progresión del penado por los distintos periodos tras su ingreso en prisión. En este sentido, todo recluso era obligado a transitar por todos los periodos, desde el inicial hasta el final, sin poder saltarse ninguno, y respetando los límites temporales establecidos para cada uno de ellos. Por otro lado, las actividades y los tratamientos se establecían por igual para los presos que se encontrasen en el mismo periodo.

La rigidez descrita fue superada por el sistema de individualización científica, considerado por la opinión mayoritaria como una variante del sistema progresivo. Las particularidades de este sistema son las siguientes:

  1. Permite, dentro de ciertos límites, que el recluso pueda ser inicialmente clasificado en cualquiera de los periodos de cumplimiento.
  2. Hace posible que el penado no tenga que pasar por todos los periodos hasta llegar al último. Su progresión se puede acortar, bien eliminado el tránsito por alguno de los periodos, o abreviando la duración prevista inicialmente para cada uno de los mismos.
  3. Prevé un tratamiento y un régimen individualizado de cumplimiento para cada recluso en atención a sus circunstancias personales y a sus necesidades, y con independencia del periodo en el que se encuentre.

El éxito de los sistemas progresivos se reflejó en los menores índices de reincidencia que lograron en comparación con sus antecesores. Ello se debe, en gran medida, a que por primera vez se hace posible la reinserción del penado, o al menos se procura que el mismo no termine su condena en unas condiciones que hagan inviable su integración social. A ello contribuyó la desaparición de los castigos corporales y de las inhumanas condiciones de silencio y aislamiento, además de la implantación de actividades laborales, formativas y terapéuticas.

Con todo, estos sistemas, los más extendidos hoy día, no eliminan el riesgo de contagio penitenciario y, desde luego, no han logrado que el encarcelamiento deje de causar estragos en los penados, algo que ya se apuntó en la lección anterior al analizar los problemas de la pena de prisión.

De los progresivos, ha sido el sistema de individualización científica el que terminó por imponerse tanto en Europa como en EEUU, durante el último cuarto del siglo XX. La actual legislación penitenciaria española se adscribe al mismo con las particularidades que se analizan en los siguientes apartados.