Filosofía de la literatura

Estética: la belleza y el hombre

El hombre se distingue de los animales por su capacidad de enjuiciar la belleza.

El mundo que nos rodea actúa constantemente sobre nuestros cinco sentidos, produciendo distintas sensaciones.

Vemos el color de una rosa, oímos la melodía de un pájaro, olemos un perfume de sándalo, gustamos el sabor de una golosina y tocamos la suavidad de un tejido de seda.

Al darnos cuenta de estos objetos, se dice que los percibimos. Esta percepción es agradable si el objeto nos impresiona gratamente; si nos produce disgusto, tenemos una percepción desagradable.

En todo caso valoramos el placer o el desagrado que el objeto procura a nuestros sentidos; es decir, enjuiciamos su mayor o menor belleza.

Ahora bien, ni el olfato, ni el gusto, ni el tacto nos dan propiamente percepciones de belleza. En cambio, la vista y el oído nos la ofrecen con frecuencia; por ello se los considera como los sentidos superiores del hombre.

La hermosura de un paisaje o de un cuadro famoso, la sinfonía de un gran compositor alcanzan mayores bellezas que las que pueda tener un perfume o un manjar.

Belleza plástica y belleza acústica

De ahí que podamos hablar de belleza plástica (un cuadro, una escultura, un paisaje) y de belleza acústica (una sinfonía, un poema), según que las percibamos por la vista o por el oído. Pertenecen a la primera las obras arquitectónicas, escultóricas y pictóricas, y a la segunda, las obras musicales y literarias.

Definiciones de la belleza

La Belleza ha sido objeto de numerosas y diversas definiciones.

Nosotros podemos intentar definir la belleza desde dos puntos de vista: uno subjetivo, es decir, qué es la Belleza desde el punto de vista del sujeto que la contempla.

Cuando yo veo un cuadro, ¿por qué me gusta?, ¿qué razones tengo para ello?

La estudiaremos después en su aspecto objetivo, o sea, veremos qué condiciones deben reunir los objetos para ser bellos.

Hay cosas que deben ser bellas independientemente de mi gusto personal.

El elemento subjetivo en la belleza

Cuando afirmamos, por ejemplo, que un paisaje o una estatua son bellos, damos a entender, en primer término, que la presencia de estas cosas nos complace.

“Es bello, decía Santo Tomás, aquello cuya vista deleita.” Esta complacencia constituye el necesario elemento subjetivo de la Belleza. Sería inconcebible hablar de la Belleza de un objeto que no consiguiera agradarnos.

La apreciación personal

Ahora bien: no todas las personas sienten la Belleza del mismo modo; una misma cosa puede agradar a unos y desagradar a otros. “Sobre gustos —dice el refrán popular- no hay nada escrito.”

Incluso nuestro estado de ánimo puede influir en la valoración de la belleza. Tenemos momentos en los cuales parece que nos gusta todo y, al revés, momentos en que todo nos parece desagradable.

La época (modas, gustos, estilos)

La valoración de la Belleza cambia, también, con el tiempo. Hoy no agradan las mismas formas que fueron preferidas uno o varios siglos atrás. Constantemente vemos cambiar estas formas.

Unas veces el cambio es superficial y se produce en un plazo de pocos años: es lo que se denomina una moda; otras veces las nuevas formas arraigan más, durante siete u ocho lustros: es lo que se llama el gusto de una época; finalmente, existen formas que caracterizan fuertemente la manera de ser de un largo período: entonces decimos que este período tiene un estilo.

El ambiente

Del mismo modo ciertas formas parecen bellas en determinados países o medios sociales, mientras en otros no serían estimadas como tales. La apreciación de la Belleza cambia, pues, por el nivel cultural, las costumbres, el clima, etc.

Cada país tiene indudablemente gustos propios que parecen incomprensibles fuera de él. Lo mismo puede decirse de las clases sociales: ciertas obras literarias gustan especialmente a las gentes incultas. En cambio, otras producciones apenas interesan más que a un grupo selecto de lectores.

La edad

Con las edades cambian los gustos.

A los ocho años gustan los cuentos de hadas; a los catorce, las novelas de aventuras, etc. Una obra puede gustar a los dieciocho años y no gustar a los cuarenta, y viceversa.

El elemento objetivo en la belleza

A pesar de que el elemento subjetivo (la apreciación personal, el ambiente o la época) pueda hacer cambiar el concepto de Belleza, es evidente que ha de haber también un elemento objetivo de la Belleza. Es decir, ciertas características que se dan en todos los objetos bellos y que les dan condición de tales.

Hay obras como el Partenón de Atenas o el Cuadro de las lanzas de Velázquez que gustan a todos. ¿Por qué?

La perfección

Así, los filósofos antiguos decían que un objeto, para ser bello, debía ser:

  • Perfecto, es decir, completo y terminado.
  • Debía poseer un cierto orden y armonía.
  • Todo ello motivaba el esplendor de la Belleza.

Sin estos requisitos objetivos, las cosas no podían parecer bellas.

Los antiguos establecían ciertas reglas o cánones a los que debían someterse las obras para ser bellas. Así, las estatuas debían tener determinadas proporciones de las cuales no podían salirse. Aristóteles en Grecia, Horacio en Roma, establecieron los preceptos a que habían de ceñirse las obras literarias en sus obras Poética y Epístola a los Pisones, respectivamente. Estas reglas, olvidadas durante la Edad Media, fueron restauradas en el Renacimiento.

La expresión

Pero los filósofos modernos, sobre todo a partir del Romanticismo, sostienen que lo único que produce la Belleza es la fuerza expresiva con que se presentan las cosas ante nosotros, comunicándonos un sentimiento o una idea de manera tal, que llegue a impresionar nuestro ánimo.

Fue el filósofo alemán Lessing quien, a mediados del siglo xviii, formuló la idea de que de nada servía que una obra estuviese perfectamente adaptada a las reglas si carecía de fuerza expresiva, de emoción, dando con ello motivo a que la valoración de la Belleza se apoyase precisamente en el olvido de las reglas de la Antigüedad clásica. Esta nueva consideración de la Belleza dio lugar a lo que se llama Romanticismo.

Conceptos relacionados con la belleza

No todas las emociones estéticas proceden de la Belleza, tal como se ha venido exponiendo. Existen conceptos relacionados con ella: unos positivos y otros negativos.

Conceptos positivos

Lo grandioso y lo sublime

Algunas veces un espectáculo nos impresiona por sus proporciones extraordinarias, y decimos que es grandioso. El límite máximo de la grandiosidad es lo sublime.

Llamamos sublime a aquello que, a la vez nos atrae y nos sobrecoge.

Condiciones de lo sublime. — Para que se produzca lo sublime es preciso:

  • Subjetivamente, que nos sintamos presos en una mezcla de placer y de congoja, y que comprendamos que aquello es, para nosotros, un espectáculo.
  • Objetivamente, la cosa que despierta en nosotros la idea de lo sublime debe ser ilimitada o infinita, y debe presentarse como algo grandioso o indefinible.

Sus clases. — Dentro de lo sublime, pueden señalarse:

  • el sublime matemático, o de extensión, cuyo sentimiento nos asalta en presencia de lo infinito, de lo que no puede medirse: la contemplación de los astros, por ejemplo:
  • el sublime dinámico, cuando nos impresiona un espectáculo de fuerza o de poder impresionante —una tempestad horrísona, un huracán—;
  • el sublime sentimental, que se produce ante ciertos rasgos supremos de abnegación, de heroísmo o de amor.

Lo bonito y lo gracioso

También se relacionan con el concepto de Belleza las nociones corrientes de bonito y gracioso, que sin tener la totalidad de los atributos de las cosas bellas, poseen algunos que las hacen agradables al espectador.

Lo bonito se aplica a los seres u objetos de pequeño tamaño que poseen una cierta belleza superficial y que despiertan en nosotros una especie de simpatía protectora.

Llamamos bonita a una joya, a una estatuilla, a una flor.

Lo gracioso sirve para designar ciertos movimientos fáciles y ligeros, o ciertas actitudes que parecen tenerlos.

Decimos que son graciosos, por ejemplo, el revolotear de un pájaro, los gestos de una danzarina, los juegos de un niño.

Lo humorístico y lo cómico

El hombre se diferencia de los animales en que sabe reír.

Lo humorístico. — El humorismo es una consideración o reflexión que se hace para ver por el lado risible algo que nos preocupa o entristece.

Así, Don Quijote, héroe que fracasa, es visto por Cervantes a través de su humorismo que nos hace sonreír, sin dejar por ello de compadecer al pobre Caballero de la Triste Figura.

Lo cómico. — Lo cómico excita la risa en nosotros por una sorpresa o contraste inesperado.

En los chistes, lo que nos produce hilaridad es lo que no esperábamos oír.

Conceptos negativos

Lo grotesco

Cuando la comicidad se basa en formas ridículas o extravagantes decimos, que constituye un espectáculo grotesco.

Lo feo

Es la antítesis de la belleza.

Lo deforme

La fealdad puede derivarse de una desproporción monstruosa de las formas y entonces se habla de algo que es deforme.

Lo repugnante

El extremo límite de la fealdad es aquel grado de negación de la belleza que nos produce repulsión, bien en lo físico o bien en lo moral: lo rechazamos entonces, diciendo que se trata de algo repugnante.

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