8.4. La Iglesia y el Estado en Hispania

Uno de los factores influyentes en la romanización fue el arraigo y difusión del culto imperial y de las instituciones que fueron su corolario.

Las razones de su triunfo fueron su carácter de culto estatal y el apoyo que le prestaron dos clases sociales: la aristocracia municipal (cuyos miembros podían coronar su carrera política con el sacerdocio augustal) y los libertos enriquecidos, que al ser designados servi augustales satisfacían su apetencia de honores y conseguían destacarse de las filas de la plebe. A la práctica del culto se le unió la celebración de juegos y fiestas populares que atraía a la masa urbana. El culto al emperador fue fomentado por los emperadores como medio de cohesión política a través de asambleas populares.

La paulatina cristianización de la Península Ibérica no tropezó con grandes dificultades, sino que se propagó intensamente. A ello ayudó el sistema de vías públicas que facilitó el tránsito y las comunicaciones. Como dificultad tuvo el surgimiento de un considerable número de herejías como el Priscilianismo.

Políticamente, el cristianismo chocaba con los principios religiosos romanos volcados en torno al culto al emperador y en una concepción religiosa centrada en lo jurídico-público. Pero la Iglesia comenzó a poseer una organización de naturaleza jurídica y un derecho (no público) desde los primeros momentos de su fundación. Cuando las comunidades cristianas fueron aumentando, tanto en las ciudades como en el campo, contando con un obispo al frente, constituyen la base de la posterior organización diocesana (dividida en distritos religiosos o diócesis) típica de la Iglesia.

Constantino con los Edictos de Milán (313-314) proclamó el catolicismo como religión oficial del Imperio y reconoció a la Iglesia católica un ámbito de actuación jurídico-público. Con esta medida se deja de perseguir cristianos y se les devuelve el patrimonio confiscado. El patrimonio eclesiástico (basado en donaciones de fieles) comenzó a formarse a gran escala. El emperador buscaba apuntalar la estructura institucional del Imperio, sirviéndose de la organización de la Iglesia y del apoyo y sumisión de sus numerosos súbditos cristianos.

La Iglesia comenzó a poseer una organización de naturaleza jurídica y un derecho (no público) desde los primeros momentos. Las diócesis, a cuyo frente había un obispo, fueron las unidades básicas de organización eclesiástica, y se integraban en provincias religiosas, con una capital cuyo obispo era llamado metropolitano. Este estaba a su vez bajo la primacía del Obispo o Primado de Roma. Las diócesis engloban a las parroquias, en torno a las cuales se agrupan las comunidades cristianas.