9.3. La sociedad visigoda

La sociedad visigoda se formó sobre una mayoría de población hispanorromana (unos 9 millones de habitantes) y una minoría visigoda (unos 250.000), lo que les obligó a convivir con costumbres distintas y diferentes religiones, ya que el pueblo hispanorromano era oficialmente cristiano, y los visigodos no lo fueron hasta la conversión del rey Recaredo en el siglo VI. En el proceso de fusión étnica con los hispanorromanos algunos reyes como Alarico propiciaron una política de signo integrador cuyo principal problema fueron las diferencias religiosas entre el arrianiosmo y el catolicismo. Esto implica la prohibición de matrimonios mixtos, de ritos religiosos, de enterramientos diferentes y de diferente legislación hasta la derogación de estas prohibiciones por Leovigildo.

Aquellos dos pueblos de godos y romanos confluyen en una única colectividad hispanogoda persistiendo en cambio el sector diferencial, étnico y religioso de los judíos.

La gran mayoría de la población hispanogoda vivió en el campo y con menor importancia en los núcleos urbanos. Alguna ciudad floreció excepcionalmente como fue el caso de Toledo, sede regia y metrópoli eclesiástica.

En el nivel superior incluimos a la nobleza hispanogoda producto de la fusión de los senatores territoriales hispanorromanos y de la nobleza goda de seniores y magnates. Dentro de esta nobleza de sangre destaca la familia de los Balthos, siendo de ella de donde se elegía la mayoría de los veces a los reyes. Junto con la nobleza hay que incluir a los altos funcionarios, los terratenientes y alto clero. Con la consolidación política, la nobleza se transformó en una aristocracia tanto territorial como de servicio. El pertenecer a esta clase social reconocía una serie de beneficios como la exención del tormento físico como medio de prueba, y Ervigio estableció un procedimiento especial para juzgar a los funcionarios palatinos (incluyendo los denominados gardingos (miembros del séquito o comitiva, guardia personal del rey) que hubieran sido acusados de alta traición. La organización administrativa del reino de Toledo originó la creación de una oligarquía palatina en los servicios centrales, mientras altos dignatarios militares quedaban al frente de diversos territorios. Del estamento dirigente formaron parte también los obispos y otras destacadas personalidades eclesiásticas. Los magnates cortesanos formaban parte de la comitiva del monarca (comitatus) y formaban también parte de la misma los gardingos (jóvenes que eran educados en el propio palacio y que luego aparecen como beneficiarios de tierras concedidas en estipendio. Estos gardingos y magnates eran conocidos como “fieles al rey” siendo llamados leudes. Con ellos, los comites o condes que rigen los diversos distritos, constituyen una comitiva regia que incrementa su patrimonio mediante beneficios del monarca. Los propios nobles cuentan con clientelas de hombres libres que viven don el magnate y reciben de él las armas (sayones).