33.1. Panorama general del Antiguo Régimen

En 1469, Isabel, heredera de la corona de Castilla, contrajo matrimonio con Fernando, heredero de la corona de Aragón. El enlace abrió los caminos a la unidad política peninsular y al Estado de los tiempos modernos. Tres siglos y medio después, en 1812, la Constitución de Cádiz liquidaba el Antiguo Régimen al reconocer encarnada la soberanía en el pueblo, dando así paso al régimen liberal y al Estado constitucional. El período que transcurre entre ambas épocas, es lo que se conoce como absolutismo monárquico, proyectándose en dos etapas fundamentales: la monarquía de los Austrias (siglos XVI y XVII) y el de los primeros Borbones en el XVIII. Una y otra difieren por el protagonismo mundial logrado por España, y luego perdido en beneficio de Francia, por la estrategia política y económica, y por la transformación ideológica.

El reinado de los Reyes Católicos significó la unión de las dos Coronas, mantenido ellas su estructura política diferenciada. Así, Castilla y Aragón, y luego Navarra, se rigieron por sus propias leyes, mantuvieron sus Cortes y demás instituciones de gobierno.

Pese al equilibrio jurídico, lo cierto es que confluyeron dos Coronas de desigual peso y muy diversa naturaleza. Castilla era territorialmente mucho más extensa que Aragón y más densamente poblada. Frente al pluralismo de la Corona de Aragón, Castilla era una entidad homogénea, con un único gobierno, unas solas Cortes, un sistema impositivo, un idioma y sin aduanas.

Mientras la Corona de Aragón arbitró un régimen pactista de gobierno que debilitaba el poder real, Castilla podía ser regida sin excesivas trabas ni restricciones. Las Indias fueron incorporadas a la Corona de Castilla, con lo que la castellanización del mundo americano marcará los rumbos del Imperio en la Edad Moderna.

La unidad política peninsular (excepto Portugal) se logra con la toma de Granada en 1492 y con la incorporación de Navarra en 1512. En 1492 tiene lugar también la expulsión de los judíos y entre los siglos XV y XVI se asegura el dominio sobre Canarias, así como la conquista de Nápoles, en 1504.