37.2. El poder y su ejercicio

El uso del poder es amplio pero no ilimitado. Los excesos y abusos pueden convertir al rey en tirano, justificándose así el derecho de resistencia a la opresión e incluso la posibilidad de dar muerte al déspota.

Tirano puede ser quien se hace con el poder sin justo título y logra imponerse por la fuerza. Pero apenas llega a hacerse real en la dinámica del Estado moderno. En éste es tirano quien ejerce el poder abusivamente.

El padre Mariana en su obra distingue dos tipos de leyes: unas, correspondientes a la competencia del monarca, quien en consecuencia puede alterarlas o revocarlas, y otras, que son fruto de la comunidad misma, no siendo así posible su mudanza sin el consentimiento de los súbditos. Si el rey vulnera éstas últimas, queda convertido en tirano.

Ante la opresión regia, los súbditos podían optar por tres tipos de soluciones. Algunos consideran que el déspota representa el castigo divino a los pecados del pueblo, procediendo en consecuencia la resignación. Otros patrocinan sencillamente incumplir lo que por torpe no debe ser cumplido, y a ser posible, apelar a algún tipo de instancia como al Papa. Por último, si la opresión resulta irremediable, ciertos autores defienden la legitimidad de la rebelión, e incluso, la de dar muerte al tirano. Ésta es justamente la tesis de Mariana. La publicación de la obra del párroco no produjo especial conmoción en la España de 1599. Durante el siglo XVII, sin embargo, fueron censurados varios de sus escritos. En algunos acontecimientos, como en la muerte de Enrique IV de Francia, se veía la sombra de los escritos de Mariana.

El movimiento de las Comunidades de Castilla en 1520 fue resultado de muy diversas causas políticas y sociales. El agravio por la prepotencia de los personajes flamencos traídos por Carlos, llegó al extremo cuando con ocasión de la salida de España del monarca ese año, fue designado regente el extranjero Adriano de Utrecht. Además, Carlos V había sido elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, con lo que los intereses imperiales se antepusieron a los propiamente castellanos, exigiéndose que Castilla financiara los cuantiosos gastos que esa política llevaba consigo.