40.2. La Iglesia y el Estado

Desde el inicio de su reinado, los Reyes Católicos acometieron un programa renovador de la Iglesia española. El panorama de la disciplina y costumbres dejaba mucho que desear. Las diferencias entre un alto clero y un clero inferior, eran exageradas. Los desarreglos de la vida monástica y un debilitamiento moral hicieron que los monarcas se propusiesen tres objetivos: la eliminación del paganismo, la erradicación de la herejía y la reforma de la vida eclesiástica.

Con respecto a los obispos y el clero regular, la intervención de los Reyes Católicos se aplicó a excluir a extranjeros a favor de los eclesiásticos de sus reinos, y a velar por la observancia del celibato, procurando especialmente Isabel no promover en Castilla a las sedes episcopales a clérigos con hijos. En la reforma conventual el gran protagonista fue Cisneros. Especial resonancia tuvo la obra de Cisneros en los monasterios femeninos, sometidos desde entonces a las respectivas familias religiosas bajo la jurisdicción y control de los visitadores generales.

Como contrapunto a la Reforma luterana, prosigue en a España del siglo XVI ese movimiento de renovación eclesiástica, para autorizar la centralización estatal de las reformas.

El Concilio de Trento sancionó tanto una serie de decretos dogmáticos, en las cuestiones controvertidas con el protestantismo, como otros decretos de reforma, aplicados a la formación del clero y la disciplina eclesiástica. Sus prescripciones fueron promulgadas como ley civil en diversos países de Europa, y en España en concreto en 1564.

La defensa de la fe tuvo como contrapartida la interferencia del Estado en las cuestiones propias de la Iglesia. En la medida en que aquél se atribuye una función providencial y protectora de los religioso, los monarcas pretenden con frecuencia orientar las decisiones de Roma y supeditarlas a su criterio.

Los reyes intentan condicionar la elección del Papa, someten a supervisión las decisiones de los pontífices, deciden el nombramiento de obispos u otras dignidades eclesiásticas y reúnen juntas de teólogos que a veces dictaminan a favor del monarca y en contra del Papa. Todas estas extralimitaciones del poder civil configuran el llamado regalismo, a lo que se añade los excesos de un pontificado que con frecuencia se entromete en cuestiones temporales y actúa como una potencia política. Todo ello hace suponer que las relaciones de los monarcas católicos con la Santa Sede no fueron en absoluto fáciles: Felipe II a punto estuvo de provocar la ruptura con Roma.