42.1. Presencia, rechazo y triunfo del liberalismo político

La inacción de la Junta de gobierno dejada por Fernando VII dan lugar a que el alcalde de Móstoles reivindique revolucionariamente el poder, sublevándose en Asturias y las restantes regiones peninsulares. Al levantamiento sigue la constitución de unas Juntas supremas provinciales, las cuales recuperan la soberanía considerada vacante. Los representantes de esas juntas establecen en 1808 una Junta Central suprema y gubernativa de España e Indias. La Junta Central resultó ser una asamblea endeble y de problemática autoridad. Compuesta por treinta y cinco miembros, hubo de sufrir el acoso francés. Todo ello provocó su disolución en 1810 y el nacimiento de un Consejo de Regencia. A instancia sucesivas de uno y otro organismo, se reúnen las Cortes de Cádiz que en 1812 promulgan la primera Constitución nacional.

La pugna bélica enfrentó en 1808 al ejército francés con el español, donde éste último destacó por su espíritu de resistencia. Semejante espíritu y el empleo de la guerra de guerrillas, hizo posible el triunfo final. Junto a los patriotas vencedores habrían de quedar los afrancesados, es decir, los colaboracionistas del poderoso intruso que había sido vencido.

Fernando VII vuelve a España, con lo que las Juntas Provinciales y el mismo Consejo de Regencia carecerán de sentido. Sin embargo, las Cortes surgidas en Cádiz no representaban al monarca sino al pueblo. Esas Cortes se atribuyeron la Soberanía Nacional y vincularon el reconocimiento del rey a que este acate y jure la Constitución.

Un grupo de diputados favorables a Fernando VII impugnan la representatividad de las Cortes y piden la derogación de la Constitución, que concluye con el golpe de Estado del general Eguía, dejando sin efecto la Constitución y las Cortes. Muchos liberales fueron arrestados y otros huyeron.