48.2. El Ejército

El gran movimiento insurreccional de 1808 tuvo como protagonista un ejército popular, novedad en la Europa del XIX, identificándose éste con el espíritu nacional. Concluida la guerra el problema era doble: había que organizar un ejercito de tropas enroladas de forma estable, sin aquella subordinación al monarca, que defendiera la nueva soberanía nacional, pero también formadas por milicias populares para casos especiales.

La Constitución de Cádiz ordenó las fuerzas militares en dos grandes clases: Las tropas del continuo servicio, que era un ejercito permanente para la defensa exterior y la conservación del orden interno; y las milicias nacionales, reclutadas esporádicamente sin misión concreta.

El segundo problema era institucionalizar en la paz a las tropas que habían salido victoriosas de la guerra, constituyendo dos ejércitos: los soldados y cuadros militares propiamente dichos y el aluvión de paisanos que se habían militarizado. Todos sumaban unos doscientos mil, de ellos dieciséis mil eran oficiales de muy diversa extracción y procedencia.

En el periodo absolutista 1814-1820, Fernando VII redujo la tropa regular hasta sesenta mil, de los cuales seis mil oficiales estaban adscritos al absolutismo, tras el paréntesis del Trienio, y otros cien mil eran “hijos de San Luis”. Los absolutistas, garantizaban la permanencia del monarca en el poder, mientras que los liberales garantizaban que no padeciera duras represalias.

En la década ominosa se intentó reconstruir una especie de milicia conservadora, con un sistema de purificaciones (exigiendo determinadas pruebas de afecto y lealtad al rey), a quienes habían servido en el Trienio.